Lennin Vasquez

Sobre el vínculo entre la Academia y la Administración en Revistas

Leonora López
Editora
Resonancias. Revista de Investigación Musical

Hoy me gustaría hablar un poco sobre los vínculos entre la Academia y la Administración, de cómo sus interacciones determinan las dinámicas de valoración del conocimiento y qué rol les cabe en todo esto a las publicaciones académicas en general, pero especialmente a aquellas que se sitúan en el campo de las Artes, las Humanidades y las Ciencias Sociales.

En el esquema de funcionamiento de la Academia, las publicaciones tienen un rol clave y que, hoy más que nunca, va mucho más allá de su función comunicativa. En términos concretos, la publicación es el principal instrumento de validación del conocimiento y hoy en día esto está particularmente sesgado hacia las publicaciones indexadas.

Esto es así porque las publicaciones son parte de un sistema en el que convergen enfoques y motivaciones distintas –y muchas veces discordantes– en torno a un mismo objeto: la socialización del conocimiento generado por la investigación. Cuando un investigador mira el producto de su trabajo no ve lo mismo que un administrador –factualmente se trata del mismo objeto, pero simbólicamente ambos están viendo cosas totalmente distintas, y que tienen que ver con sus respectivas motivaciones y estructuras de pensamiento.

Esto –esta diferencia de enfoques– hay que tenerlo muy claro, porque las interpretaciones no solo observan realidad, sino que también la crean, y cuando una interpretación se va volviendo hegemónica, la realidad se va moldeando en función de ella. Del mismo modo, las disciplinas se van modelando a través de lo que comunican sobre sí mismas. Por eso es tan importante entender y mantener la diferencia entre el enfoque académico y el administrativo –deben ser complementarios, pero nunca confundirse.

Dadas las condiciones en las que está planteado el modelo de evaluación de la productividad, las publicaciones estamos en una posición un poco incómoda, porque nos han erigido en una suerte de bisagra entre estos dos mundos, entonces es muy fácil confundir las prioridades y perder la claridad respecto de cuáles son los objetivos a los que servimos.

Hoy en día existe una tendencia a enfocarse, ante todo, en las exigencias y, como la energía y el tiempo no alcanzan para todo y las exigencias son muchas, muchas veces se termina perdiendo la noción de qué es lo que hay más allá de eso. El sentido detrás de la acción se va volviendo difuso y la obligatoriedad se va transformando en el motor de la actividad. Aquí ya no estoy hablando solo de las publicaciones, por su puesto, sino de la Academia en general: los investigadores y académicos, las autoridades de las escuelas y las Facultades, las autoridades de las vicerrectorías de investigación y los altos mandos de las universidades… y más allá, incluso, las agencias financiadoras de la investigación y el gobierno, en cuyas manos descansa la integridad del Estado. Y, ya que estamos, esto aplica al mundo en general: todos vivimos en un estado de permanente exigencia.

Pero volviendo a la esfera de lo académico, disciplinas como las nuestras -las más íntimamente ligadas al ámbito de la cultura-, que no son fácilmente definibles y que generan productos variados (no solo papers), son problemáticas y ante la dificultad que nos presentan estas exigencias a menudo nos dejamos influir por parámetros externos que no nos cuadran realmente y empezamos a vernos limitados por ellos. La reacción natural ante esto es la frustración, que por lo general termina manifestándose solamente de manera privada –lo discutimos entre amigos y colegas, pero rara vez llega a formularse en discursos y propuestas sistemáticas.

En el fondo, es una actitud de resistencia interna y concesión externa: "es lo que hay", "el sistema es así y no es mucho lo que podemos hacer al respecto". Y nos conformamos.

Algo que hay que mantener presente y que muchas veces se pasa por alto, es que el artículo académico susceptible de ser indexado responde a un formato particular –entre muchos– con una función bien definida: la transmisión de información inédita sobre un tema específico, dispuesta de manera sintética, sistemática y extrapolable. Hay contenidos que se ajustan  a esta función y otros que no, y –esto es lo fundamental:– este criterio por sí solo no constituye, en ningún caso, un dictamen sobre la calidad y validez de aquellos contenidos que no se ajustan.

Este es uno de los elementos más conflictivos con los que hoy nos encontramos en la validación del conocimiento en nuestro campo: ante la ubicuidad de las lógicas científicas, las artes, las humanidades, e incluso áreas como la arquitectura, el urbanismo y algunos ámbitos de las ciencias sociales han ido descuidando los márgenes de su identidad –la especificidad de sus formas de producción de conocimiento y de sentido–, asimilándose a esas lógicas e intentando validarse en función de ellas, lo cual me parece un tremendo error, porque empezamos a sacrificar parte de la riqueza inherente a esa particularidad a favor de las porciones que se ajustan mejor al modelo (las más normalizables).

La única manera de escapar a esta dinámica es conocer en profundidad el sistema en el que nos insertamos, desmitificándolo, entendiendo las preocupaciones y las prioridades de cada uno de los actores involucrados, empezando por nosotros mismos.

Entonces (ya volviendo al caso particular de las revistas), la pregunta que necesitamos hacernos es "¿por qué publicamos?" –¿qué es lo que buscamos comunicar? ¿qué espacios buscamos llenar? ¿a qué objetivos servimos? ¿cuál es la función social de estos contenidos? ¿cuál es su nicho? Y, sabiendo estas cosas, ¿cuál es la manera más adecuada de comunicar estos contenidos?

Si los objetivos de una revista están alineados con los parámetros internacionales de investigación especializada (en su definición convencional, asociada al paradigma científico), obtener el reconocimiento de los índices, y con ello la validación, no es difícil –solo basta con cumplir determinados lineamientos metodológicos y técnicos. Ahora, si la naturaleza de la revista es otra, va a encontrar serias dificultades en una empresa que, por lo demás, no tiene sentido alguno.

Otto Gross dice en uno de sus libros que la verdadera revolución es derrocar a la autoridad dentro de uno mismo. Esta idea siempre me resuena mucho en relación a estos temas, porque me parece que gran parte de la vulnerabilidad de nuestros campos –en particular, pero también de la Academia en general– frente al sistema de evaluación de la productividad y las formas dominantes de validación del conocimiento deriva de una dificultad para validar nuestra propia naturaleza como disciplinas frente a nosotros mismos, por lo que terminamos sucumbiendo a imposiciones externas.

El desafío principal, entonces, para las publicaciones en el área de las Artes, las Humanidades y las Ciencias Sociales es mantenerse fieles a sí mismas y a los objetivos que las mueven, sin sentirse presionadas por las exigencias del paradigma hoy hegemónico de la productividad académica (recordemos que la productividad es una categoría propia de los estamentos administrativos influidos, a su vez, por el mercado). Y una vez que esto se logra, el desafío es asegurar el apoyo de las instituciones que las acogen para poder sostenerse y seguir funcionando.

Ese es el primer paso hacia ser capaces de incidir en la definición de los parámetros de validación de los conocimientos que generamos y dar ese paso está plenamente en nuestro poder.

Nota

Esto es una transcripción más o menos literal de mi intervención en el lanzamiento del No. 31 de la Revista DU&P de la Escuela de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central, el 3 de mayo de 2017.

Publicado originalmente en http://www.elarbol.cl/algunas-reflexiones-sobre-el-vinculo-entre-la-academia-y-la-administracion.php

Créditos imagen: Delirios crepusculares del pintor Lennin Vasquez (Perú).

Foro de Editores Científicos de Chile. Santiago, 3 de octubre de 2017.

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